Por Román Ganuza
Resulta difícil navegar aguas calmas en este capricho de comentar cine. Hace pocas horas leo una rotunda nota de Alvaro Fuentes que esmerila un poco más mi ya delgada posición. Se titula “El ojo glotón de las series” (https://eljarabito.wordpress.com/) y solo cabe recomendarla efusivamente por la disección que hace sobre ese formato y su adecuación a nuestras condiciones perceptivas. Lo que me ha turbado se relaciona con la cuestión de los finales narrativos. Cito a Fuentes: “…la muerte de los desenlaces en las series es también la muerte de la tramitación simbólica de lo que vemos en la pantalla…” Tremendo, porque se entiende por “tramitación simbólica” la deglución intelectual de lo que vemos. La ilusión de pensarlo.
El texto avisa que se viene apagando esta autonomía intelectual. Los finales, todos, cedían de algún modo la palabra. Yo estaba tranquilo así, aferrado a mis prejuicios contra las series. Pero Fuentes -despiadado- no deja necesariamente a salvo a la modalidad conclusiva. ¿Porqué una película termina? Un final de cine ¿tiene un porqué o un para qué? Veamos uno emblemático: Ya en el aeropuerto, Ilsa (Ingrid Bergman) se va finalmente con Lazlo y Rick (Humphrey Bogart) se luce con aquel ostentoso renunciamiento. Noto ahora que la película cancela cualquier derivación. El final está “para” eso. No corresponde suponer que ella un día se separe y lo busque, o que Rick se arrepienta y vuelva, o que Lazlo muera intoxicado durante el viaje. No se debe agregar nada.
Veo “Lord Jim” (1965) de Richard Brooks. Está inspirada en la novela de Joseph Conrad. Vivamente británica, narra exóticas aventuras marinas cruzadas por una deuda moral. No soy quien para cuestionar la historia, pero elimina al personaje (Peter O´ Toole) en su mejor momento. Por una cuestión de honor, se queda en la isla aguardando una extraña retaliación ritual. El padre de un nativo muerto por una negligencia suya, lo ejecutará por la mañana. Dejará la vida y con ella, a la espléndida Daliah Lavi que compartía sus desvelos. Pero incluso este desenlace frustrante, me permite tomar una distancia. Y a la luz de lo dicho, clausurar al personaje central mutilando toda continuidad posible, es un acto noble y casi entrañable.
Obsérvese la diferencia: Me imponen un actual thriller futurista: “Un lugar en silencio” (2018). El menor sonido atrae el ataque de unos atléticos reptiloides –de la agotadora progenie Alien- gratuitamente letales. No los mueve el hambre ni la defensa territorial. Matan y punto. Un niño enciende por error su avión de juguete y es rápidamente reducido a un estropajo de sangre. La película cierra con cierto alivio pero ya se encuentra en ciernes la parte II. Desde luego que no la veré. Le he pagado mi cuota de espanto al macabro y eficaz John Krasinski. Como si fuese uno de esos bichos implacables y plenos de fobia sonora, veo asomarse aquí la lógica de las series. Las admoniciones respecto a lo narrativamente conclusivo, me caen juntas encima. Debiera explicar -antes del próximo párrafo- porqué son mejores los “finales” de cine. Pero es posible que solo sean arbitraras interrupciones del acuerdo entre el narrador y el espectador. Declaro entonces que mantendré mis rancias preferencias, ahora sin argumentos.
